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Fin de una historieta y reanudación de la historia

LA CAÍDA DEL MURO (*)

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Por motivos que el común de la gente no sospecha, la caída del Muro de Berlín fue uno de los puntos de inflexión más significativos de la historia universal. No por haber marcado la victoria del capitalismo sobre el comunismo, sino como símbolo de un nuevo triunfo del hombre en su lucha contra el absolutismo. Lo primero es anécdota contingente. Lo segundo refiere a categorías enfrentadas desde la Antigüedad hasta nuestros días.


Por cierto, tres alternativas lógicas complementarias basadas en principios diferentes han competido a lo largo del devenir por la primacía en la justificación del orden jurídico: el Estado, el individuo y la cultura. El conflicto entre ellos es uno de los principales motores de la Historia. El Estado ha sido un fin en sí mismo en todos los absolutismos, ya fueran monárquicos, teocráticos, racistas o comunistas. Este tipo de justificación del orden ha sido y es el cimiento de numerosas sociedades. En ellas el individuo vive y trabaja para servir: – A su Rey, que lo es por derecho divino; – A su raza, pretendidamente superior y con destino de dominio; – A su Dios, que es todopoderoso, fuente de toda razón y justicia, y se expresa a través de intermediarios sacerdotales que representan la verdadera fe, o – A su Estado, que encarna la dictadura del proletariado o alguna otra ilusión escatológica. Cada una de estas concepciones tuvo o tiene su propia utopía. La más modesta de éstas fue la de la monarquía, que normalmente remitía en forma indirecta a ilusiones teológicas. En cambio, las utopías de los absolutismos teocráticos y racistas aspiran a encadenarnos más férreamente a los designios del Alá de los mahometanos o el Jehová de cristianos y judíos, cuyos planes culminan en teoría con la llegada de un Mesías y el regreso a algún jardín de delicias. La más tosca de ellas fue la del paraíso terrenal pero rubio con que el nazismo sobornara a los fieles de Wotan. Finalmente, la utopía más sofisticada y la más vinculada a la Modernidad fue la derrotada cuando cayó el Muro. Se concebía engendrada por una lucha de clases, que en la concepción de Marx conduciría al Punto Omega de la sociedad sin clases, previo paso por una dictadura del proletariado. En la práctica ésta fue la interminable tiranía de una burocracia que se vació de ideales para convertirse en un fin en sí mismo. Agotadas las energías creadoras, la utopía se sacrificó al consumo material de la pequeña ‘nomenklatura’, que curiosamente no era superior al de las clases medias de las sociedades occidentales. Totalitarismo a cambio de mediocridad es mal negocio. El comunismo marxista murió de muerte natural cuando, simultáneamente, el Estado soviético comprobó que ya no podía competir con las democracias avanzadas y sus propios súbditos presintieron que la vida bajo su tutela no era vida. Pero la historia no concluyó, porque el conflicto eterno entre los tres principios no cejó, y a ellos debemos remitirnos para no cometer errores como el de Fukuyama. El comunismo fue derrotado por un sistema de ideas acerca del Estado que reconoce un valor trascendente al individuo. En contraste con las concepciones que entronizan a un Estado absoluto, la que ubica al hombre como razón-de-ser del orden político ha sido típica de la Era Moderna. En ella la relación entre los términos se invierte, posibilitando la libertad política aunque sin siempre garantizarla. Al Estado se lo justifica como el emergente de un contrato social entre sus súbditos, que primigeniamente eran los depositarios de la soberanía. Ésta se transfiere a los custodios del orden para proteger los derechos individuales, impidiendo que el hombre sea el lobo del hombre. Con este o similares fundamentos, gigantes de la Ilustración como Thomas Hobbes, John Locke, John Stuart Mill y Jean-Jacques Rousseau inspiraron las revoluciones americana y francesa. Junto con la derrota del nazismo en 1945 y el colapso del comunismo en 1989, éstas fueron las inflexiones más importantes hasta hoy en la antigua lucha contra el absolutismo del Estado. No obstante, la brega está lejos de haber concluido. Derrotado el comunismo, el ímpetu de los absolutismos teocráticos renació de la mano del fundamentalismo islámico. Y de éste emergió a su vez un nuevo terrorismo asistido por los recursos materiales y humanos provistos por los abundantes petrodólares del Golfo Pérsico, los muchos millones de musulmanes que ya son ciudadanos europeos, y una tecnología bélica tan primitiva como eficaz, la del suicidio místico asesino. El objetivo estratégico del nuevo enemigo terrorista (que no representa a todo el islam ni mucho menos) es la recreación de un califato que abarque por lo menos todos los territorios antiguamente conquistados por los árabes, desde la India hasta la Península Ibérica. Los atentados de 1992 y 1994 en Buenos Aires precedieron a los ataques del 11 de septiembre de 2001, que se convirtieron en un nuevo y siniestro punto de inflexión en el devenir humano. Desde la perspectiva de los conflictos permanentes que motorizan a la Historia, esa fecha no es menos importante que la de la caída del Muro doce años antes. Si no fuera porque encuentra a Occidente dividido por dentro, este desafío del extremismo islámico terrorista no sería una amenaza grave al orden mundial. Pero las cosas se complican porque nuestra Era Neomoderna ha venido acompañada por una ideología bautizada ‘postmoderna’ que postula a las culturas como legítimos sujetos de derecho, junto con el individuo. Para esta visión, también occidental, todas las culturas son moralmente equivalentes. Es así como por primera vez en la historia humana entra a tallar, perniciosamente, el tercero de los principios en conflicto. La triada constituida por el individuo, el Estado y la cultura entró así en infernal ebullición. Por cierto, la humanidad neomoderna enfrenta un enorme desafío. Debe resolver un dilema que no desea reconocer. Si todas las culturas son moralmente equivalentes, entonces todos los individuos no estamos dotados de los mismos derechos humanos, porque hay culturas que adjudican a algunos hombres más derechos que a otros hombres y mujeres. Si por el contrario todos los individuos poseemos los mismos derechos, entonces todas las culturas no son moralmente equivalentes, porque hay culturas que no reconocen, ni siquiera en principio, la vigencia de esos derechos universales. Lo que puede llamarse la matriz cultural liberal-secular de Occidente afirma que existen derechos y obligaciones individuales que pertenecen a la humanidad como tal. Si esto es cierto, lo opuesto no puede serlo. Si aceptamos la validez de la afirmación opuesta, en algún lugar, en cualquier momento, entonces lo anterior no puede ser una verdad universal, y los susodichos derechos y obligaciones no pertenecen a la humanidad como un todo. La matriz liberal-secular rescata un pequeño núcleo de verdades normativas universales. Y éstas son negadas no sólo por algunas culturas no occidentales sino también por nuestros postmodernistas, multiculturalistas, constructivistas y relativistas, que hoy se cuentan entre los enemigos internos de nuestra civilización. Este predicamento encierra una paradoja de mal agüero. Los postmodernistas intentan refutar las premisas del contractualismo occidental negando que pueda haber normas de valor universal. Desde allí postulan la equivalencia moral de todas las culturas. Después del anarquismo, la suya es la menos jerárquica de las propuestas imaginables. Aceptan todo, a veces hasta la lapidación de mujeres acusadas de adulterio, si ésta se realiza legalmente desde el seno de una cultura donde esa práctica es tradicional. En cambio, el fundamentalismo islámico niega las verdades universales del contractualismo occidental en el nombre de una lectura extremista del Corán. La suya es la más jerárquica de las doctrinas imaginables: postula que el mundo debe ser gobernado por Alá, que los musulmanes deben reinar sobre los infieles y que los hombres deben mandar sobre las mujeres. Representa el absolutismo en su expresión más totalitaria. La suya es la antítesis directa del postmodernismo. No obstante, como en otra época ocurriera con Stalin y Hitler, estos opuestos hoy son casi aliados tácticos en su lucha contra la matriz del Iluminismo, estandarte de la modernidad occidental. Terroristas islámicos y relativistas occidentales tienen por enemiga común a la concepción filosófica que entroniza al individuo como único legitimador del orden político. Esta es la lucha que motoriza la Historia desde que se consolidaron las tendencias que asomaron con la caída del Muro. La apocalíptica conflagración que se perfila es simultáneamente global y civil. En comparación, la Guerra Fría que culminó en 1989 recuerda a la inocencia del Edén. (*) Recibido por Corrientes al Día de Fundación Atlas, Por Carlos Escudé

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Cuando el mérito no importa

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Dijo en San Juan el presidente Fernández: “lo que nos hace evolucionar o crecer no es el mérito, como nos han hecho creer en los últimos años, porque el más tonto de los ricos tiene muchas más posibilidades que el más inteligente de los pobres”.


Esto es tan falso, tan terriblemente insultante para la inteligencia, que es difícil decidir por dónde empezar a analizarlo.  Sólo diré que Steve Jobs (Apple), Bill Gates (Windows), Jeff Bezos (Amazon) y Marcos Galperin (Mercado Libre), son algunas de las fortunas más grandes del mundo y de Argentina, y NINGUNO fue hijo de rico.  Este pelotudismo socrático y retrógrado ha sido totalmente superado en los países desarrollados… ¡Y PRECISAMENTE PORQUE LO SUPERARON SON DESARROLLADOS!

 

Luego invocó a Alberdi y Sarmiento, reinterpretándolos con un pensamiento tan retorcido que los vuelve irreconocibles.  Dijo admirarlos porque “vislumbraron la importancia de la educación pública, que nada es más importante que el conocimiento humano” y del sanjuanino aseguró que “en un gesto inigualable de igualdad, resolvió que todos los que estudian en la escuela pública calcen un guardapolvo blanco para que las diferencias sociales allí donde se aprende no aparezcan.  Con todo eso nos dijo que el estado debe estar muy presente en el desarrollo humano y que finalmente lo que más vale es la igualdad, es propender a un sistema más igualitario”.

 

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Pobres Alberdi y Sarmiento.  Si pensamos cuales referentes históricos argentinos estuvieron absolutamente en contra de la intromisión del estado (que debía ser pequeño) en el quehacer cotidiano de los ciudadanos, fueron sin dudas estas dos inmensas figuras de nuestra patria.  Hacer semejantes distorsiones de su pensamiento es una ofensa a sus memorias y, como se hacía en la escuela, debería lavarse la boca con jabón para limpiar sus palabras.

 

Alberdi decía que “la omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual” y que “la grandeza del vecino, forma parte elemental e inviolable de la nuestra”, LO OPUESTO al igualitarismo y el desconocimiento del mérito.

 

¿Y qué pensaba Sarmiento?, al que dijo admirar.  El sanjuanino dijo: “las cumbres se alcanzan doblando el empeño” y “toda la historia de los progresos humanos es la simple imitación del genio”; Don Domingo era un ferviente defensor del mérito, concepto que el señor presidente denigra.

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Es increíble que en la actualidad, con lo fácil que es conocer la realidad de otros países, todavía existan personas “educadas” (en realidad son apenas instruidas, la educación implica pensamiento crítico algo que les es ajeno) que sean tan ciegas como para dejarse engañar así.

 

El presidente habla de defender el federalismo y a las provincias del “pulpo” del puerto, cuándo el mayor héroe de esta gente fue Rosas, quien prohibió los puertos del Paraná para que todo el comercio exterior pasara por Buenos Aires, empobreciendo a las otras provincias.  Obsesión rosista por el monopolio del puerto porteño que condujo a la muerte a valerosos patriotas en la Vuelta de Obligado, sacrificio disfrazado con la mentira de la “defensa de soberanía”.

 

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Valga la apostilla: ese fue el mismo Rosas que le quitó los sueldos a los docentes de las escuelas y universidades estatales, hundiendo en la ignorancia a los pobres y yendo en contra de la tan mentada “igualdad de oportunidades” con la que se llenan la boca.

 

¿Habla del federalismo y de trato igualitario para todas las provincias?, cuando el peronismo fue el mayor promotor del crecimiento del conurbano bonaerense y que le otorgó tantos subsidios a la luz, el gas y a los combustibles, que hacía que en Buenos Aires se pagara hasta 5 veces más barato los servicios públicos que en el resto del país.  ¿En serio?  ¿Se puede ser tan caradura?  Y lo peor, ¿se puede ser tan idiota como para creerles?

 

También dijo Fernández: “lo que uno más debería desear como argentino, es que cada argentino tenga la oportunidad de nacer…”, ¿oportunidad de nacer?, ¿de qué oportunidad de nacer habla quien defiende el aborto?, ¿se puede ser más cínico y contradictorio?  “…Y de morirse feliz después de haber vivido bien, en la provincia donde ha nacido”, ¿morirse feliz?, ¿Cómo Solange que murió sin ver a su padre?, ¿o Facundo Astudillo?, ¿o Franco Martínez?, ¿o Franco Isorni?, ¿o Luis Espinoza?, todos desaparecidos y muertos en democracia en este 2020.

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Entiendo (no comparto) que los que “están prendidos” defiendan “el modelo”… ¿pero el resto?, ¿el laburante que deja más de la mitad de su sueldo en impuestos para mantener punteros y para que le den por sus impuestos la porquería de salud, educación, seguridad y justicia que tenemos?, ¿el profesional que como universitario debería ser capaz de ver más allá de las mentiras de los demagogos?  Cómo decía Sarmiento y se aplica a los “educados” que egresan de la universidad: “era el que más sabia… Pero el que menos entendía”.

 

Lo cierto es que a decir del gran sanjuanino: “la ignorancia es atrevida”, pero aún es más atrevida la avaricia, la soberbia y el despotismo de quienes conducen hoy el destino de nuestra patria y que lejos están de seguir el siguiente principio rector del cuyano: “fui criado en un santo horror por la mentira, al punto que el propósito de ser siempre veraz ha entrado a formar el fondo de mi carácter y de ello dan testimonio todos los actos de mi vida”.

 

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Quienes creemos en la Libertad, en la igualdad ante la Ley y no por la Ley, y en el Respeto por la vida y la propiedad del prójimo, no solo tenemos el deber ético y moral, sino también la impostergable necesidad de oponernos y manifestarnos en contra de los atropellos que se están cometiendo contra los argentinos y contra la República.   

 

El momento es YA… antes de que terminen de hundirnos y de someternos, antes de que no quede nada por salvar.

(*)  Rogelio López Guillemain

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Opinión

Reconvertir proyectos e innovar

POR MARIA EUGENIA MANCINI

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La pandemia de COVID-19 ha tenido un impacto profundo en nuestras sociedades. Además de la crisis sanitaria, ha afectado la educación, la vida social y los medios de subsistencia. A una economía difícil, esto lo ha profundizado aún más.


Para nuestros jóvenes muchos de estos impactos será a largo plazo y multidimensionales: Por ejemplo, 191 países han implementado el cierre de escuelas a nivel nacional o local, y 1,5 mil millones de personas no pueden asistir a la escuela ya que no disponen de tecnología básica para acceder a las plataformas educativas.

 

Sin embargo, hay muchos jóvenes liderando esta crisis y no se han quedado de brazos cruzados. Hay una Juventud que está apoyando el diseño y la ejecución de programas sociales pensando en caminos creativos y de respuesta.

 

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También debemos destacar la variedad de emprendimientos que han surgido adaptando propuestas comerciales a estos nuevos tiempos donde se pudo ver la creatividad y el desarrollo de productores locales.

Es fundamental continuar apoyando estos proyectos para que tengan continuidad formulando estrategias competitivas, incentivando y se conviertan en micro empresas sustentables económicamente.

 

Sumar programas de recuperación en base a economías locales y ver como su fuerza creativa comienza a enriquecer a instituciones, proyectos sustentables  y caminos nuevos para salir adelante.

 

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Pienso que un camino de desarrollo  es no solo fortalecer las economías regionales sino volver a los oficios, capacitarnos y tener herramientas prácticas para generar recursos propios.

 

Estamos atravesando un momento de reinvención muy grande y donde más que nunca necesitamos estar unidos, sacar nuestras fortalezas y trabajar juntos como sociedad pensando en lo que queremos construir, diseñando la sociedad futura, poniendo  foco en nuestros recursos y liderar.

 

Es fundamental generar herramientas para crear una sociedad más igualitaria y solidaria y no solo como respuesta a la pandemia sino también pensando a largo plazo y abordando todos  el compromiso de crear un cambio duradero.

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Opinión

La “borocotización” de Alberto

(*) OPINIÓN

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Recuerda una crónica del diario perfil: “Eduardo Lorenzo Borocotó el 23 octubre de 2005 obtuvo una banca. Pero antes de asumir algo cambió. El 9 de noviembre visitó la Casa Rosada, acompañado por su hijo. ¿Con quién tenía cita? Con el actual presidente Alberto Fernández, quien era jefe de gabinete de Néstor Kirchner.  Borocotó se reunió con los dos. A Kirchner no lo conocía. A Fernández, sí.


El mismo día del encuentro en la Rosada, Borocotó anunció su partida del bloque macrista: armó un mono-bloque independiente, afín al kirchnerismo. Alberto Fernández explicó la jugada: "Tenemos que ser amplios. Hay muchos votantes y dirigentes de ARI que están descontentos con Carrió, por ejemplo. Y nosotros estamos abiertos a recibirlos, así como a los radicales, peronistas y a todos los que crean en el proyecto del Presidente".

 

En nuestras democracias actuales, se debería empezar a pensar en que los ciudadanos, en vez de elegir a personas que encarnen proyectos, ideologías, o letras muertas de lo establecido en partidos políticos, votemos directamente, proyectos, propuestas, modelos o formas de hacer las cosas y que la ejecución de las mismas, pase a ser un tema totalmente secundario, esto sí podría denominarse algo que genere una revalidación de lo democrático, pero no estamos en condiciones de hacerlo actualmente, primordialmente porqué el gobierno de ese pueblo, está en manos de uno sólo, a lo sumo, en cogobierno por un legislativo (con flagrantes problemas en relación a la representatividad, que sería todo un capítulo aparte el analizarlo) y supeditado a un judicial, que siempre falla, de fallar en todas sus acepciones, liberar la opción de ese pueblo, para que elija su gobierno, mediante las ideas que se le propongan, sin que sea esto eclipsado por la figura de un líder o lo que fuere, en tanto y en cuanto siga siendo uno, recién podrá ser posible, cuando su vínculo con la vida y la muerte, no tenga que ser anatematizado mediante la creencia o no creencia, que como vimos son las dos caras de una misma moneda, en un ser único y todo poderoso, creador de este mundo y de todos los otros, los posibles como los imposibles.

 

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La violencia del estado que en la actualidad se traduce en su sobre-presencia en ciertos sectores a costa de la ausencia del mismo en vastas áreas y bolsones, la sobreactuación de un supuesto sentir o hacer democrático, en donde sólo se ejerce una dudosa aclamatoria de mayorías (sistemas de preselección de candidatos cerrada, como internas que no se llevan a cabo, que transfieren el sentido de elegir por el de optar, entre quiénes ellos, de acuerdo  a sus reglas disponen que tengamos que optar, es decir elegir condicionados) debería estar tipificado en la normativa, como uno de los delitos más flagrantes contra las instituciones y el pleno ejercicio de la libertad, de tal manera, la ciudadanía no tendría excusas como para no levantarse en puebladas, en manifestaciones que dan cuenta de la total y absoluta anomia, en que la incapacidad de cierto sector de la clase política nos puede volver a conducir en cualquier otro momento u oportunidad. Propuestas es lo que sobra, se precisa de predisposición de estos para hacerles sentir a la ciudadanía que algo determinan, con el pago de sus impuestos y con sus votos. En tiempos electorales, una práctica que debería ser desterrada y que es una muestra expresa del democraticidio, es la compra de votos, sea mediante una dádiva, prebenda, por intermedio de corte de chapas, dinero, mercadería, merca o lo que fuere, como de las mentiras flagrantes e inconsistentes las que ofrecen por doquier. Como también lo es la no sanción de los hechos de corrupción, o la dilación en demasía para resolver los mismos, perpetrados por hombres que hayan pertenecido al funcionariado público.

 

Si somos presa de políticos corruptos seguiremos encarcelados en el imperativo de una sociedad penalizada y penalizante para sancionar delitos y no para reconvertir conductas que no nos lleven a ellas.

 

Hasta aquí sí se quiere, nada nuevo bajo el sol, o desconocido para todos aquellos a quiénes, Alfonsín nos prometió que con “la democracia se educa, se come, se cura, no necesitamos nada más, que nos dejen de mandonear…” la nueva modalidad, de estas suertes de “democraticidios” que nos afectan, es que el poder unipersonal del ejecutivo nacional, pasó a un sistema, tal como lo definió un constitucionalista “vicepresidencialista” y por tanto, Alberto, el creador del “borocotismo”, tal como Víctor Frankenstein, pasó a ser víctima de su propia creación, de su mutación práctica de lo representativo.

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En la aceleración, profundización o intensificación del cristinismo, camporismo o kirchnerismo recargado, en el que recayó Alberto, no quedaría otro espacio en la historia para él, que un título de un libro escrito por Miguel Bonasso, acerca de Héctor Cámpora; “El presidente que no fue”.

 

La mayoría que se construyó a tales efectos, con una propagación mayor que la de un virus desconocido y contagioso, se reconstituye con proverbial dinámica y en las próximas elecciones demostrará cuán cerca o lejos puede estar de un poder político, en la actualidad, “borocotizado”.

 

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(*) Por Francisco Tomás González Cabañas.

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